Por Darwin Feliz Matos

En la República Dominicana, la indignación ciudadana no necesita excusas para estallar… pero nuestros diputados se empeñan cada día en dar más razones. La Constitución es clara, el Reglamento de la Cámara es más claro aún: todo legislador debe rendir cuentas, una vez al año, a los electores que lo llevaron al Congreso. No es un gesto de cortesía, es una obligación constitucional. Sin embargo, la mayoría ha decidido ignorarla con la misma arrogancia con la que ignoran los barrios que los votaron.

¿Dónde están los informes? ¿Dónde están las memorias públicas, los audiovisuales, la revista o al menos una humilde rueda de prensa donde expliquen qué han hecho con nuestro dinero y nuestro voto? Silencio total. Diputados ausentes, pero cobrando puntualmente.

La rendición de cuentas no es opcional. Es el núcleo de cualquier República decente. Pero en este país se ha vuelto costumbre que muchos políticos le tengan más miedo a la transparencia que a la corrupción. Se sienten intocables, seguros de que el pueblo olvida rápido. Confían en que el ruido mediático tape su irresponsabilidad y que a nadie le importe si violan la Constitución o el reglamento interno.

 

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