La política dominicana se encuentra ante una oportunidad histórica con la figura de Carolina Mejía Gómez. La actual alcaldesa de la capital posee un activo que el dinero no puede comprar, una conexión genuina. Su estrategia basada en el corazón, la cercanía y una buena gestión municipal que transforma espacios vivos para la familia, es exactamente lo que la ciudadanía busca. Carolina lo tiene todo para mirar al podium presidencial preparación, carisma y visión de nación. Sin embargo, en el ajedrez político, tener las mejores piezas no garantiza la victoria si el equipo estratégico no sabe mover el tablero.
Hoy, el proyecto presidencial de Carolina enfrenta desde adentro un mal manejador de la comunicación o ausencia de estrategia clara, en quien maneja esta área vital en sus actuales funciones institucionales parece confundir la alta política con la farándula. El despliegue de influencers, artistas y comediantes genera frescura en las redes, pero el equipo olvida una máxima de la era digital que los likes no se traducen automáticamente en votos. Al priorizar el entretenimiento sobre el fondo, se ha fallado drásticamente en conectar los logros de la candidata con los medios y el pueblo.
Lejos de sumar, la gestión de prensa y de comunicación se ha convertido en una barrera de contención. En los círculos de opinión pública abundan los murmullos de quién conduce la misma sobre un manejo caracterizado por el mareo y la falta de respuestas, inclusive en los que han dado seguimiento a su gestión.
Esta actitud está pasando una alta factura. Mientras coexisten cientos de medios digitales dinámicos que definen el periodismo social de hoy, son alarmantemente pocos los que asisten a sus actividades, ahuyentados por el trato de quien dirige su comunicación. El impacto noticioso de Carolina se ha quedado atrapado en el eco de ciertos medios tradicionales, y otros dos o tres medios digitales que publican sus videos de actividades con gran alcance, pero aislando a la candidata de la nueva realidad mediática. Las consecuencias son frías y matemáticas: la candidatura no logra materializar un aumento porcentual significativo en las encuestas y figuras que andaban de cerca en cada paso han terminado alejándose.
Carolina Mejía reúne las cualidades de las grandes líderes de la región: la calidez de una Laura Fernández, el arraigo simbólico de una Keiko Fujimori y el potencial digital de las campañas modernas y que esa campaña de amor se desmorone por una mala ejecución comunicacional sería una verdadera tragedia política.
Existe un viejo refrán que advierte que «no se cambia de caballo en medio del río», pero si el caballo no es un buen guía, se distraerá del camino, pisará en falso y arrastrará al jinete a aguas profundas hasta ahogarlo. Es hora de revisar el entorno, sustituir la arrogancia del silencio por la sintonía real y entender que el camino al Palacio Nacional no se construye con evasivas faranduleras o políticas, sino con una estrategia de Estado. La oportunidad está ahí, falta ver si quienes la acompañan se ajustan y si ella misma inicia a supervisar su entorno, quienes le suman o quién se ha alejado.

Editorial
Máximo Miñoso Santoni
Director Medio La República




















